03 noviembre, 2009

Mictlán con flores tristes.

Se acercó desolada con plena intención de llorarle, de nuevo.

Sus ojos vidriosos no podían creer lo que veían: Era la tumba de su abuela que no visitaba desde hacía mucho tiempo.

Entre las luces que ahora adornaban el escenario del cementerio parecían verse con un incandescente color que jamás había visto. Las flores emitían ese olor peculiar que tanto detestó.

El copal emergía en un humo intenso que le atraía de una forma descomunal, como induciéndola al camino que debía tomar. Ya no era posible oponerse: Tenía que seguirlo... Y la llevó hasta la tumba de su abuela. No creía lo que estaba pasando hasta que se percató de que ya era una de ellas: De las almas que regresan.

Las flores ya no eran tan vivarachas como las que ponía en la ofrenda junto a su madre, el alma de la abuela tocó lo que ahora reconocía como su propio hombro, diciéndole: Acompáñame, si no sabes que hacer yo te mostraré como regresar.

Su ex esposo le había dejado un vaso de agua y un trago de whiskey en la mesa; un cigarro y un pan de muerto, al lado de la veladora. Una fotografía de ella donde lucía radiante con el pelo largo lacio hasta los hombros. Sí, ella había muerto y ahora le tocaba regresar.

Y mira si es que el destino es grande: Nunca creyó en el mito de día de muertos. Ahora le era complicado saber que sólo ese día podría estar con su amado.

Sin importarle los consejos de la abuela, ella subió las escaleras y lo encontró dormido, abrazando su viejo diario. Se sentó a su lado y quiso tocarle el rostro, tal y como él lo había hecho en su lecho de muerte y pese a todos sus esfuerzos no pudo más que llorar.

Sus lágrimas se disipaban con horror a la leve llovizna que sucedía afuera. Comprendió que por más que tratara él no se percataría de su presencia pero quiso estar segura: Le susurró al oído un "siempre te amaré".

Casi amanecía cuando tuvo que retirarse. Junto con su abuela emprendió el viaje de regreso al más allá.

A la mañana siguiente, el ex esposo ahora viudo se levantó temprano pese a que era 2 de noviembre y su empresa había decidió día de descanso.

En la ducha trataba de recordar lo soñado esa noche, pero pronto decidió dejar esa idea pues le dolía comprobar que casi siempre soñaba con ella. Con la muerta.

Ya frente al espejo recordó el susurro. Dijo en voz alta: Regresaste.

Supo que no fue en vano haber elegido hacer su pequeña ofrenda, pese a que su difunta esposa nunca creyó en los días de muertos.

Agradecido, siguió con su vida, a lo que todos los vivos estamos obligados a hacer.


1 opiniones:

Lolita dijo...

Todos deberíamos estar obligados a una cosa: A creer.

Me gustó, colega.
Xoxo.