Páginas de las Historias

20 enero, 2010

La Plaza de los sueños

Aire frío en la piel. Diciembre surgió en su memoria como un cruel recuerdo que tenía miedo a enfrentar cada año. Aurora deseaba cada noviembre que su desesperanza traída por ese mes cada año, algún día se borrara para siempre.

Es extraño pero pese a ser una mujer, aparentemente fuerte, resultaba que siempre lloraba (internamente) con las canciones y películas de amores imposibles. Increíblemente cada día le era más complicado vivir con todo el dolor que desear aquello le producía: Ella quería volver a tener veintitrés años y poder volver a elegir.

Esta vez con algo distinto en su vida, algo como un dulce malestar incorrecto e insensato en su corazón, le invadía lentamente... Y es que le inquietaba esa incertidumbre de que pudo haber sido más y también tuvo la oportunidad de haber procurado menos.

Justo ahora, suspira y en voz alta exclama: "Si tan sólo todo fuera como... Desear."

Aurora cerró los ojos y se acomodó en el sillón de la sala de su casa. Aquél mueble fue lo único que se llevó cuando se fue de la casa de sus padres. Ahí había dormido cuando sola estaba en su departamento recién rentado, recién pintado... Oliendo a thinner y ella: Acurrucada en ambos brazos del sillón magenta: Durmiendo.

Esta vez era diferente. Aurora tenía un buen puesto, ganaba decorosamente para tener (utilizando el mismo adjetivo calificativo) el mismo departamento, pero ahora lleno de cualidades extrañas y de personalidades diferentes. Suspiró porque de tener de nuevo veintitrés años, podría, con la pared blanca, volver a empezar desde cero.

Ese número "cero" redondo y eterno que ofrece opciones, que simboliza el ciclo perfecto: Sin principio ni final.

Tuvo ganas de vomitarlo todo, de sacarlo y llevarse únicamente el sillón magenta... Sucumbir ante la idea que pasó por su mente: Ir a la plaza que aparecía en todos y cada uno de sus sueños, en donde, sin prisas, sin demoras, sin complicaciones, besaba al hombre de su vida. No tenía nombre ni cara, únicamente sabía que era él quien la haría sentir infinitamente mejor a la manera en la que se sentía ahora, que olía demasiado bien, que sus brazos eran fuertes pero no asfixiantes. De hecho, no lo conocía, pero con certeza se refería a él como "el amor de su vida".

En aquella plaza de sueños no existía el tiempo, ni el trabajo, mucho menos el tener que despertarse temprano o esperar juntas hasta las once de la noche. Ahí lo único que hacía era abrazar y besar a aquél hombre que siempre estaba dispuesto para ella.

Entonces le invadió una locura que la estremeció de pies a cabeza: ¿Y si ya lo conocí? ¿Y si estaba conmigo cuando tuve veintitrés años y no supe distinguirlo?

Cerró la carpeta de los recuerdos y lo introdujo en su vieja bolsa, única compañía que necesitaba por ahora. Suspiró estrepitosamente no una, ni dos, sino tres veces. El oxígeno invadía todo su cuerpo y finalmente exclamó:

"No necesito saber si ya lo conocí, o no. Para mí, él siempre está presente en la plaza de mis sueños"

Y entonces se fue a dormir, en su cama cubierta por sábanas de dos mil hilos, entre la fastuosidad de su cuarto halló tranquilidad en la simpleza de su sueño: Él la sacaba a bailar en el momento en el que se soñaba sentada en el sillón de siempre. Olía a masculinidad, a protección y Aurora se sumergía en sus brazos, era feliz ahí, en su sueño.
Y en su sueño, sí era feliz.

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Marifer Muñoz dijo...

me encanto!!!
eres realmente buena en lo ke haces y se nota tu pasion...
ke envidia ehh es una hermosos don el ke tienes
saludos
te dejo mi blog http://soirarayke.blogspot.com/
es demasiado diferente al tuyo pero es algo...

Lenna dijo...

Marifer: Muchas gracias. No deberías sentir envidia de alguien que escribe sólo para desahogarse un poco, o para pintar una realidad que percibe, con letras...
Gracias por la visita.